El maleficio de las runas. Primera parte.

martes, 20 de julio de 2010.
15 de Abril, 190_
Estimado Señor, le avisamos a través del Consejo de la Asociación de ... que le regresamos la copia de un documento de "La Verdad sobre la Alquimia", que usted ha tenido a bien prestarnos para su lectura durante nuestro último encuentro, para informarle que el Consejo no ha visto la manera de incluirlo en el programa.
Muchas gracias.
..., Secretario
18 de Abril
Estimado Señor:
Le pido mil disculpas por haberle dicho que mis compromisos no me permitían entrevistarlo sobre el tema del citado documento. Nuestras leyes no permiten la materia de su discusión con el Comité de nuestro Consejo, como usted sugirió. Por favor, permítame asegurarle que le fue dada la mayor consideración a la copia que usted nos remitió, y que no es declinada sin haber sido referida al juicio de la autoridad de máxima competencia. No tengo preguntas personales (es necesario para mí agregarlo) y no puede haber habido la menor influencia en la decisión del Consejo.
Créame (ut supra)
20 de Abril
El secretario de la Asociación ... ruega respetuosamente hacerle saber al Sr. Karswell que es imposible para él dar el nombre de cualquier persona o personas a quienes pudo haber sido remitida la copia del documento del Sr. Karswell; así como también darle a conocer el hecho que no siga replicando cartas sobre tal hecho.
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- ¿Y quién es el Sr. Karswell? - inquirió la esposa del secretario. Ella lo había llamado a su oficina, y (quizás con desconfianza) había tomado la última de las tres cartas, que el tipista había entregado.
- El Sr. Karswell es un hombre muy desagradable. Pero no se mucho acerca de él, excepto que es rico; su dirección es Lufford Abbey, Warwickshire. Aparentemente es un alquimista, y quiere informarnos todo acerca de eso, y lo demás es que no quiero saber nada por las próximas dos semanas. Ahora, si tu estás lista para marcharte, yo lo estoy.
- ¿Qué has hecho para que se ponga tan desagradable? - preguntó la Sra. del secretario.
- Lo usual, querida: él envió una copia de un documento que quería que fuera leído en el siguiente encuentro, y nosotros se lo referimos a Edward Dunning, probablemente la única persona que sabe sobre este tema en Inglaterra, y como dijo que no servía, lo rechazamos. Desde entonces Karswell ha estado bombardeándonos con cartas. La última que me mandó, decía que quería el nombre de la persona a la que se le envió esta absurda copia; tu leíste mi respuesta a ello. Pero no digas nada, por el amor de Dios.
- Creo que no, pero, ¿alguna vez hicimos algo así? Espero, sin embargo, que nunca sepa que fue el pobre Sr. Dunning
- ¿Pobre Sr. Dunning? No se porque lo llamas así; él es un hombre muy feliz, muchos hobbies, y una casa confortable, y todo su tiempo para sí mismo.
- Quise decir sería una pena si Karswell lo sabe y comienza a molestarlo.
- ¡Oh, si! Entonces él sí será el "pobre" Sr. Dunning.
El secretario y su esposa fueron a comer. Y la casa de los amigos a la que fueron estaba en Warwickshire. Así que la Sra. del Secretario había pensado que podía preguntarles juiciosamente si sabían algo acerca del Sr. Karswell. Pero ella se evitó el problema de encausar la conversación hacia el tema, ya que la anfitriona dijo, luego de algunos minutos:
- Vi al abad de Lufford esta mañana.
La anfitriona silbó.
- ¿Lo viste? ¿Y qué lo trae por la ciudad?
- Dios sabe; salía del Museo Británico.
Fue muy natural que la sra. del Secretario preguntara si este era un verdadero abad.
- Oh, no, querida: solamente un vecino nuestro en el campo que compró la abadía de Lufford hace unos años. Su nombre verdadero es Karswell.
- ¿Es amigo de ustedes? -preguntó el Secretario, con un guiño a su esposa. La pregunta despachó un torrente de declamaciones. Realmente no había nada que decir sobre el Sr. Karswell. Nadie lo conocía bien: sus sirvientes eran sin excepción un horrible grupo de personas; él había inventado una nueva religión, y practicaba una extraña clase de ritos que nadie podía describir bien; se ofendía fácilmente, y nunca perdonaba a nadie: tenía una cara desagradable; nunca realizó un acto de bien, y cualquier influencia que él ejercía era malévola.
- Hazle un poco de justicia al pobre, querida -interrumpió el marido-. Tú olvidas las obras que hace por los chicos escolares.
- ¿Olvidarlas? Hiciste bien en nombrarlas, ya que nos dará una idea de la clase de hombre que es. Ahora, Florence, escucha esto. El primer invierno que estuve en Lufford, nuestro delicado vecino escribió al clérigo de la parroquia, y le ofreció dar una exhibición de magia para los chicos de la escuela. Dijo que tenía algunos trucos que podrían entretenerlos. Bien, el clérigo estaba más que sorprendido, ya que el Sr. Karswell habíase mostrado nada complaciente con los niños, quejándose siempre por las travesuras en sus terrenos o de alguna otra cosa, pero por supuesto él aceptó, y se arregló el evento para la tarde, y nuestro amigo vino personalmente para ver que todo estuviera bien. Él dijo que nunca se había mostrado tan agradecido por algo. Todos los niños asistieron a la casa, fue una fiesta infantil.
Pero este Sr. Karswell había preparado todo con la evidente intención de asustar a estos pobres escolares, y como creo, si se lo hubieran permitido, él lo hubiera hecho. Él comenzó con algunas cosas suaves. Caperucita Roja fue una, y según dijo después el Sr. Farrer, el lobo fue tan horroroso que varios de los niños pequeños se escaparon de allí. Él dijo que el Sr. Karswell comenzó a contar la historia produciendo un ruido como el aullido del lobo a la distancia, lo que fue la cosa más escalofriante que jamás había escuchado. Todas las transparencias fueron mostradas y, según el Sr. Farrer, fueron todas muy claras y absolutamente realistas, y donde las había obtenido o como las había producido, él no se podía imaginar. Bien, el show continuó, y las historias empezaron a ser cada vez más aterrorizantes, y los chicos estaban como hipnotizados en completo silencio. A lo último presentó una serie de imágenes que representaba a un niño paseando a través de su propio parque, es decir Lufford, por la tarde. Cada niño en el salón pudo reconocer el lugar de las fotografías. Y este pobre niño era seguido, y luego perseguido y capturado, y hasta desmembrado por una extraña criatura blanca, que se veía primero desde acechando por los árboles, y gradualmente va apareciendo más y más clara. El Sr. Farrer dijo que fue una de las peores pesadillas que jamás pueda recordar, y de lo que pudo haber significado para los niños, no tenía idea. Por supuesto esto había ido demasiado lejos, y él le dijo muy claramente al Sr. Karswell que no continuara. Y él dijo:
- ¡Oh! ¿Usted piensa que es tiempo de terminar nuestro pequeño festival, y enviar a todos a casa, a sus camas? ¡Muy bien!
Y entonces cambió a otra imagen que mostraba una gran masa de serpientes, cienpiés, y otras desagradables criaturas con alas, y algo parecía que estuviera trepando y saliendo de la fotografía, como para lanzarse sobre la audiencia; y esto fue acompañado de una especie de crepitante sonido seco, que transtornó tanto a los niños, que todos salieron corriendo en estampida. Incluso algunos se lastimaron al chocar contra los muebles, y supongo que ninguno habrá podido cerrar los ojos aquella noche. Ese fue el más grave escándalo en el pueblo. Por supuesto las madres le echaron buena parte de la culpa al pobre Sr. Farrer, pero, si ellas hubieran visto el show, creo que hubieran ido a destrozar cada ventana de la Abadía. Bien, este es el Sr. Karswell, esta es su Abadía de Lufford, querida, y tu te podrás imaginar que pensamos de su sociedad.
- Si, pienso tiene todas las características de un criminal.
- Es este el hombre, ¿o estoy mezclando con algún otro? -preguntó el Secretario (quien durante algunos minutos había estado con el ceño fruncido como si estuviera buscando algo)- ¿Es este el hombre que escribió esa "Historia de la Brujería" hace mucho tiempo, algo así de diez años atrás?
- Es el mismo hombre; ¿recuerdas los comentarios sobre él?
- Ciertamente; y conocí al autor del más incisivo de los libros. Tu deberías recordar a John Harrington.
- Oh, muy bien, a pesar que no recuerdo haber visto o escuchado nada de él entre el tiempo desde que me fui hasta que leí el relato de su caso.
- ¿Caso? -dijo una de las damas- ¿Qué pasó con él?
- Lo que le pasó fue que se cayó de un árbol y se partió el cuello. Pero el enigma fue ¿que lo pudo haber inducido a subirse allí?. Fue un asunto misterioso. Ahí estaba este hombre, un tipo atlético, y sin excentricidades que se supieran, caminando hacia su casa a través de una calle; era tarde por la noche, no había vagabundos por ahí. Súbitamente comienza a correr como un loco, pierde su sombrero y bastón, y finalmente se trepa a un árbol, dificil de subir, por cierto, que estaba cerca de un cerco, se agarra de una rama seca, y el se va para abajo, rompiéndose el cuello, y es encontrado a la mañana siguiente con el rostro desencajado de terror, con la mueca más escalofriante que te puedas imaginar. Fue evidente, por supuesto, que él corrió por algo, y la gente habló de perros salvajes, y de bestias que se escaparon de algún zoológico, pero no había nada en concreto. Esto fue en el '89, y creo que su hermano Henry (a quien lo recuerdo en Cambridge) estuvo tratando de encontrar una explicación desde entonces. Él, por supuesto, insistió en que hubo algo raro, pero no lo sé. Es dificil de ver como pudo haber pasado algo así.
Luego de un tiempo la charla se revirtió sobre la "Historia de la Brujería".
- ¿Leyó alguna vez ese libro? -dijo la anfitriona.
- Si, lo hice -dijo el Secretario-, tanto como pude leer.
- ¿Es tan malo como parece?
- Oh, en mi opinión al respecto, poco interesante. Merece toda la fama que tiene. Pero, más allá de esto, era un libro diabólico. El autor cree cada palabra de lo que ha escrito, y si no estoy muy equivocado, él ha intentado de llevar a cabo la mayor parte de sus recetas.
- Bien, yo solo recuerdo la opinión de Harrington, y debo decir que si yo hubiera sido el autor me hubiera servido para terminar definitivamente con mis ambiciones literarias.
- No tuvo tal efecto en el presente caso. Pero, venga, son las tres y media. Tenemos que irnos.
En el camino a casa la esposa del Secretario dijo:
- Espero que ese horrible hombre no se entere que el Sr. Dunning tuvo algo que ver con el rechazo de su documento.
- No se si haya riesgo de tanto -dijo el Secretario-. Dunning no se menciona, es algo confidencial, y nadie de nosotros lo hace por la misma razón. Karswell no sabe su nombre, Dunning no ha publicado nada sobre el mismo tema aún. El único peligro es que Karswell pueda haber ido al Museo Británico preguntando si había alguien que tuviera por costumbre consultar manuscritos de alquimia. Ahí no puedo decirte con seguridad si el nombre de Dunning no se mencionará. Espero que no ocurra.
A pesar de todo, el Sr. Karswell era un tipo muy astuto.
Esto fue a manera de prólogo. Una tarde, bien tarde, durante la misma semana, el Sr. Edward Dunning estaba regresando del Museo Británico, donde había estado trabajando e investigando, a la confortable casa del suburbio en la que vivía solo, atendido por dos excelentes mujeres que venían trabajando desde hacía tiempo con él. No hay nada más para agregar a manera de descripción de él que ya no hayamos oído. Sigámoslo en su sobrio camino a casa.
Un tren lo recogió a una milla o dos de su hogar, y luego hacía combinación con un tranvía eléctrico. La línea terminaba en un punto a trecientas yardas de la puerta de su casa. Ya estaba cansado de leer cuando entró en el tranvía. La luz era escasa y solamente le alcanzaba para observar las publicidades sobre los cristales de los vidrios frente a donde él estaba sentado. Como era usual, las publicidades de esta particular línea de tranvías eran objeto de sus frecuentes contemplaciones, y, con la posible excepción del brillante y convincente diálogo entre el Sr. Lamplough y un eminente Asesor Legal de la Corona sobre las sales piréticas, ninguna le proveía de mayor campo de acción a su imaginación. Estoy equivocado, había uno en una de las esquinas del tranvía que no le era familiar. Estaba escrito en letras azules sobre fondo amarillo, y todo lo que se podía leer era un nombre, John Harrington, y algo así como una fecha. Podría no ser de ningún interés para él, pero a todo esto, el vagón estaba vacío, él solamente tenía curiosidad de acercarse a algún lugar en donde pudiera leerlo bien. Sintió una ligera pero imperiosa curiosidad por este problema; la publicidad no era del tipo usual. Rezaba:
«En memoria de John Harrington, FSA, de The Laurels, Ashbrooke. Muerto el 18 de Septiembre de 1889. Tres meses fueron permitidos»
El vehículo paró, el Sr. Dunning, aún contemplando las letras azules sobre el fondo amarillo, le dirigió algunas palabras al guarda.
- Le pido perdón -dijo-, estaba leyendo este aviso, es un poco peculiar, ¿no?
El conductor lo leyó lentamente.
- Bien, -dijo- nunca antes lo había visto. Creo que es una broma, ¿no? Alguien que dejó aquí sus bromas, creería.
Sacó un trapo y, luego de remojarlo con saliva, lo aplicó sobre el vidrio, tanto desde dentro como desde fuera.
- No, -dijo- no es una calcomanía; parece como si estuviese en el vidrio, digo, en la sustancia. ¿No lo cree usted, señor?
El señor Dunning lo examinó y restregó con su guante, concordando con el guarda.
- ¿Quién vigila estos anuncios, o les da permiso? Deseo que usted pregunte. Voy a tomar nota de las palabras.
En este momento el guarda tuvo un llamado del chofer:
- ¡Adelante, George, estamos atrasados!
- ¡Está bien, está bien! Es que hay algo raro en este vidrio. Ven y echa un vistazo.
- ¿Qué tiene el vidrio? - preguntó el chofer, arrimándose.
- Bien, ¿y quién e' Arrington?
- Solo estaba preguntando quien sería el responsable de poner este tipo de avisos en su coche, y que sería conveniente hacerle algún pleito - dijo Dunning.
- Bien, señor, eso se hace en la orficina de la Compañía, creo que es del Sr. Timms, creo. Esta noche le avisaremo' y tal vez podamo' darle una respuesta mañana, si uste' viene con este carro.
Esto fue todo lo que pasó aquella noche. El Sr. Dunning se pusó a averiguar sobre Ashbrooke, y supo que podría estar en Warwickshire.
Al siguiente día, cuando partía por la mañana, el tranvía (el mismo de la noche anterior) estaba lleno como para permitir que él pudiera dirigirle la palabra al guarda. Únicamente pudo notar que el curioso aviso había sido removido. Al final del día apareció un nuevo elemento misterioso: perdió el tranvía o bien, se propuso caminar hacia su casa. Una hora después, la criada le anunció la visita de dos empleados de la compañía de tranvías que estaban muy ansiosos de hablar con él. Le dijo que era sobre el aviso, que casi había olvidado. Eran el guarda y el chofer del coche, y cuando hubo recordado el asunto del aviso, preguntó que tenían que decir acerca del tema.
- Bien, señor, nos tomamos la libertad de investigar -dijo el conductor-. El Sr. Timms dio a William aquí lo' detalle' sobre el aviso. Según él, no hubo avisos con esa descripción y no hay registro' de que quien lo haya enviado', ordenado' o pagado'. "Bien," le dije, "si este 's el caso, todo lo que le pido, Sr. Timms, es que averigüe por su cuenta," le dije, " y cuando quiera nos llama." "Seguro, " dijo, "lo haré": y nos fuimos. Ahora, le dejo, señor, la inquietud de si este anuncio, con letras azules sobre fondo amarillo, estaba tan claramente adherido al cristal, ya que usted debe recordarme fregándolo con el trapo.
- Si, absolutamente, ¿bien?
- Uste' dirá bien, no lo se. El Sr. Timms entró en el carro con una lámpara, no, él le dio la lámpara a William. "Bien, " dijo, "¿dónde está su precioso anuncio, del que hemos escuchado tanto?" y le dije "Aquí, aquí está, Sr. Timms, " y le señalé con mi mano -el conductor hizo una pausa.
- Bien, -dijo el Sr. Dunning- se había ido, supongo. ¿Se rompió?
- ¿Roto? No. Nada de eso. Este aviso, créame, ya no estaba. No había más trazas de ninguna letra azul en aquella parte del cristal, más... bien, no es bueno para mí que siga hablando. Nunca había visto una cosa así antes. Lo dejo a William aquí.
- Y ¿Qué tiene que decir el Sr. Timms?
- Nos llamó de cualquier manera, y no se, pero no lo culpo. Lo que recordamos William y yo es que usted también había tomado nota de aquellas letras. No tendriamo' que robar su tiempo de esta manera, señor; pero si uste' tuviera algún tiempo pa' darse una vuelta por la orficina de la Compañía, en la mañana, y decirle al Sr. Timms lo que uste' vio, nosotro' quedaríamo' muy agradecido' . Usted sabrá, que nos han llamado'... bien, una cosa y otra. Ellos creen que nosotro' vemo' cosas, una cosa lleva a la otra, y... usted comprenderá lo que quiero decir.
Luego de las siguientes elucubraciones del propósito, George dejó la estancia.
La incredulidad del Sr. Timms (quien conocía de vista al Sr. Dunning) se modificó con el suceso del siguiente día, por el cuál este último pudo referir y mostrar; y cualquier antecedente que pudiera haber sido agregado a los legajos de William y George no quedó en los libros de la Compañía; pero tampoco se dieron explicaciones.



Henry James.

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